Dos Panqueques al Día / Two Pancakes a Day

Dos Panqueques al Día

 

Vivía con una amiga una semana antes de emigrar. Habíamos vivido juntas en una casa de ‘refugio’ dos años antes y acabábamos de terminar el colegio juntas. Bueno, ¿qué íbamos a hacer ahora? Sin familia y sin casa, yo me fui a Sudamérica. ¿Por qué? Porque no sabía nada sobre esa parte del mundo, y por supuesto, quería ser libre de todo, explorar y olvidarme de lo que había dejado atrás en Australia.

Durante esa semana sufrí ansiedad. No quería cocinar, comí un montón de helado, y vomité la noche antes irme. En la mañana, mis amigos me llevaron a la estación de trenes, me despidieron y vieron cómo me volví mochilera.

 

Cuando llegué a Chile, no hablaba nada de español. No sabía ninguna mierda aparte de ‘hola’. Traje un pequeño diccionario e imaginé que todo saldría bien ya que tenía mi conocimiento de la calle – crecí rodeada de flaites, pues, soy flaite de corazón. 

 

Pues, no pasé ningún problema con los taxistas al fuera del aeropuerto en Santiago. Sabía que me querían estafar – soy blanca, entonces debo ser rica, ¿no? Hablé con un taxista (en inglés), y le pedí consejos sobre cómo llegar a Rancagua, un pueblito en el sur, sin tomar un taxi. Me ayudó, y reí porque todo el tiempo él seguía diciendo “…pero un taxi sea más fácil.”

 

Llegó mi primera duda poco después. Tenía que convertir mi dinero, pues pedí ayuda de unos empleados del aeropuerto. Me ayudaron otra vez, aunque no sabían mucho inglés, pero esta vez me despidieron con la palabra ‘ciao’. ¿Ciao? Es italiano, ¿no? ¿Se estaban burlando? Pero bueno, la única vez que he escuchado alguien decir ‘adiós’ en vez de ‘chau’ fue mi amiga chilena dejando un chico después de sola una noche juntos. Pues el ‘adiós’ debe significar ‘el fin’.

 

Así comencé a aprender español. Pasaba mucho tiempo escuchando, aprendiendo poco a poco. No era tan urgente, pues hay muchos hispanohablantes que hablan un poco de inglés, siempre dispuestos a ayudar. 

 

Sentí más confianza en mi dominio del español cuando empecé mi primer trabajo voluntario en un hostal de Copacabana, Bolivia. Estaba comiendo mi desayuno, todo tranquilo, y la jefa del hostal me paró.

“Tengo que ir a La Paz por una semana, ¿podrías ayudarnos?”

 

“Ehhh… ¿Con qué? Mi español no es…”

 

“Limpiar, cocinar, cosas así.”

 

Bueno, ¿por qué no?

 

Por supuesto me pasaron momentos difíciles. Tiré vasos, y siempre me preguntaba, “¡¿qué wea significa ‘falta’ en la mesa?!”

 

Pero no fue hasta mi tiempo en Cusco que sentí marginada por no hablar español.

Viví en un hostal que se llama ‘Bananas’ que estaba lleno de mochileros argentinos, peruanos, colombianos, chilenos, venezolanos. Sí, podía hablar español en aquel momento. Pero escuchar a tantas personas de varios países, hablando rápido y sin pensar – eso fue una cosa diferente. 

 

Como no piensas cuando hablas tu idioma nativo; me enseñaron una manera de vivir y compartir sin intentar. A pesar de que no les podía entender, nunca me dejaron sola. Los escuché tocar su música y hacer sus artesanías. Cantábamos, jugábamos, fumábamos, tomábamos, comíamos juntos, y salíamos juntos. 

Como no podía unirme a sus conversaciones en la forma tradicional, pasaba mucho tiempo mirando y pensando. Intenté entender todo lo que estaba pasando enfrente de mí – ¡ay, como quería saber!

 

Sin embargo, seguía en la cocina de Bananas; siempre tomando un café, o un té de coca – las hojas de los Incas, o una chicha – la cerveza andina. Mi cara de asombro al escuchar a ese tipo de español siempre les daba la risa. Escuchaba así, aunque todo parecía muy raro, porque algo me resultaba familiar; cada emoción, y cada voz. 

 

¿Pero dónde quedaba lo mío? ¿Qué era mío? ¿Aún tenía voz?

 

No tenía ningún idea. Trabajé con lo que tenía de todas maneras. Les mostré – me mostré – que era capaz de ser alguien con pocas palabras. Alguien nueva pero aún como soy. Dejé de pensar tanto, y empecé a reír. 

 

¿Sabían que el español de Chile es como el inglés de Australia? ¿Sabían que si comes panqueques cada día por dos meses vas a estar harto de ellos?¿Sabían que si dejas de ser tú por un momento, quizás recuerdes lo que eres?

 

No quería volver a Australia. Pero sabía que era afortunada de poder ir a la universidad, vivir con una pensión, y encontrar un trabajo. Tenía que regresar, y tenía que cambiarme otra vez. 

 

Poco a poco he aprendido cómo preservar una parte de mí que no significa nada en Australia. ¿Sabían que hablo español de la calle? Ahora sigo en la universidad y trabajo en una terminal de buses, veo las despedidas, los reencuentros; los viajeros y los trabajadores. De vez en cuando escucho la voz de una peruana o un chileno. 

 

¿Hablas español?

 

¡Sí!

 

Hago su reservación en español y siento como si una parte muy esencial de mi ha vuelto. Cada momento que hablo este idioma, y cada palabra que escribo ahora me hace sentir más feliz. Más como soy, y en quién me estoy volviendo.

No porque es mi lenguaje, sino porque me lleva a un lugar lleno de risas y desorden. Un lugar tan extraño, pues nunca lo voy a entender, que sin embargo me deja respirar.

 

Two Pancakes a Day

 

I stayed with a friend the week before I left. We’d lived together in a refuge two years earlier and had just finished high school together. So, what were we going to do now? Without a family and without a home, I went to South America. Why? Because I didn’t know anything about that part of the world, and of course, I wanted to be free of everything, to explore and forget what I’d left behind in Australia. During that last week I was sick with anxiety. I didn’t want to cook, I ate buckets full of ice-cream, and I vomited the night before leaving. My friends took me to the train station the next morning, they said their farewells and watched as I started my journey as a backpacker.

 

When I arrived in Chile, I didn’t speak any Spanish. I didn’t know a goddamn thing apart from ‘hola’. I brought a little dictionary along and figured it would all be okay since I had street smarts – I grew up surrounded by bogans, so really, I’m bogan at heart. 

 

I had no problem with the taxi drivers outside of the airport in Santiago. I knew they were there to rip me off — I’m white, so I must be rich, right? I chatted with a driver (in English) and asked for some advice on how to get to Rancagua, a smaller town in the south, without taking a taxi. He helped me out, and I laughed because he ended every piece of advice with: “…but a taxi would be easier.” My first worry came soon after. I had to convert my money, so I asked for help from some airport employees. Again, they helped, even though they barely knew any English. But this time, they said goodbye with the word ‘ciao’. Ciao? That’s Italian, right? Were they making fun of me? But look, the only time I’ve heard someone say ‘adiós’ instead of ‘chau’ was my Chilean friend leaving a guy after a one-night stand. So, ‘adiós’ must mean ‘the end’.

 

And with that, I began to learn Spanish. I spent a lot of time listening, learning bit by bit. It wasn’t so urgent since there are so many Spanish speakers that speak some English, and they’re always ready to help you out.

 

I was feeling more confident in the language when I started volunteer work in a hostel in Copacabana, Bolivia. I was just eating my breakfast, no worries, and the boss stopped me.

“I have to go to La Paz for a week, can you help us out””

 

“Uhhh… with what? My Spanish isn’t…”

 

“Clean, cook, things like that.”

 

Well, why not?

 

I had some difficult moments, of course. I dropped glasses, and I was always trying to figure out, “what the hell does ‘falta’ on the table mean?!”

 

But it wasn’t until my time in Cusco that I simply felt isolated for my inability to speak Spanish. I lived in a hostel named ‘Bananas’ that was full of Argentinian, Peruvian, Colombian, Chilean and Venezuelan backpackers. Yes, I could speak Spanish by then. But listening to so many people from various countries, speaking quickly and without a second thought – that was a whole other thing. Just as you don’t think when you speak your native language, they showed me a distinct way of living without even trying. Even though I could barely understand them, they never left me alone. I listened to them play their music and watched them craft. We sang, we played, we smoked, we drank, we ate together, and we went out together. Since I couldn’t exactly join their conversations the traditional way, I spent a lot of time watching and thinking. I tried to understand what was going on in front of me – ah, how I just wanted to know! 

 

I stayed on in the Bananas kitchen, always drinking a cup of coffee or coca tea – the leaves of the Incas, or some chicha – the beer of the Andes. I had such a face of wonder when I listened to that kind of Spanish, and it always made them laugh. I listened like that because although it was all so strange, something felt familiar; every emotion, and every voice. But where was mine? What was mine? Did I still have a voice?

 

I had no idea. I worked with what I had either way. I showed them – I showed myself – that I could be someone with so few words. Someone new, but still as I am. I stopped thinking so much, and I started to laugh.

 

Did you know that Chilean Spanish is like Australian English? Did you know that if you eat pancakes every day for two months, you’ll get sick of them? Did you know that if you stop being yourself for a moment, you may just remember who you are?

 

I didn’t want to return to Australia. But I knew that I was fortunate to be able to go to university, to live on welfare, to find a job. I had to come back, and I had to change myself once again. 

 

Bit by bit, I’ve learnt how to hold onto a part of me that means nothing in Australia. I’m still going to university and I now work in a bus terminal, I see farewells, reunions, travellers and workers. Every now and then, I hear the voice of a Peruvian or a Chilean.

 

¿Hablas español?

 

¡Sí!

 

I go through their reservation in Spanish, and I feel as if an important part of me has come back.

 

Every moment I speak this language and every word I write now makes me feel happier. More like myself, and who I am becoming. Not because it’s my language, but because it takes me to a place full of laughter and confusion — a place so strange, I’ll never understand it, but that allows me to breathe nonetheless.